domingo, septiembre 10, 2023

Añoranza del negativo

Foto del autor (a la izquierda) tomada con una Fujifilm FinePix 1400.
Nací a finales del siglo XX, una época en la que la fotografía digital, al igual que yo, estaba en pañales. Tengo tantos años como para haber estudiado el funcionamiento de la fotografía analógica en el colegio: la carga del rollo a blanco y negro en la cámara, el líquido revelador, el baño de paro, el fijador, el cuarto oscuro, la máquina ampliadora, la luz roja. 

Conforme pasaban los años en el siglo posterior, el número de megapíxeles de las cámaras comerciales iba aumentando. La primera cámara digital a la que tuve acceso fue una Fujifilm FinePix 1400 de 1.2 megapíxeles que trajo mi papá de un viaje al Japón. Tomaba fotos de 1280x960 o 640x480 píxeles, usaba cuatro baterías de tamaño AA y tenía una capacidad de almacenamiento de 4 MB: una maravilla tecnológica en aquel entonces. 

Hoy los teléfonos que todos llevamos en nuestros bolsillos tienen cámaras que hacen palidecer las capacidades de aquella antigua máquina que aún conservo. Ya es raro ver artículos de fotografía analógica en los centros comerciales y aún más raro encontrar laboratorios fotográficos que revelen e impriman fotos a partir de negativos. 

Recientemente fui con Pablo a uno de los pocos establecimientos comerciales que sobreviven vendiendo todo tipo de productos sobre los cuales se puede imprimir una foto: camisetas, pocillos, agendas, llaveros y demás. Quería imprimir cien fotos digitales que tenía almacenadas en mi teléfono (cosa impensable en el siglo pasado) y se las envié por correo electrónico a una de las empleadas que trabajaba allí.  

La última experiencia desagradable que tuve con alguno de estos negocios había sido hacía más de diez años, cuando llevé una cantidad considerable de imágenes para imprimir en una memoria USB. Era la forma más práctica de transferir tantos datos en esa época. Sus computadores estaban plagados de virus informáticos, de manera que todo el contenido de dicha memoria desapareció en segundos. Me fui del lugar, armé un escándalo vía correo electrónico y días después regresé al lugar para que un técnico me ayudara a recuperar la información.  

Volvamos al presente. Después de revisar el archivo que le había enviado a la empleada de Megafoto (así se llama el local donde imprimiría el centenar de imágenes), ella dijo que siete de las fotos estaban en un formato que, según ella, no se podía imprimir. Las fotos estaban en formato WebP, uno que existe desde 2010 y que hoy puede ser abierto por el 96 % de los navegadores web modernos. Trató de convencerme abriendo una de las fotos y enseñándome el mensaje de error que le mostraba Photoshop. 

Le sugerí que usáramos un servicio de conversión en línea para convertir las fotos a JPG, un formato que seguramente su versión de Photoshop sería capaz de abrir e imprimir. Servicios como ese, normalmente, no tienen ningún costo para quien pretenda utilizarlos, y la conversión se hace en pocos minutos. Creí que la discusión iba a terminar ahí, pero ella salió con esta joya del servicio al cliente: convertir las fotos a un formato imprimible tendría un costo adicional.  

No pude pensar en un escenario similar si nos hubiéramos encontrado veinte años atrás. ¿Le estaba pidiendo el equivalente a ampliar una Polaroid? ¿A hacer copias de un daguerrotipo? ¿Hasta dónde va su responsabilidad como proveedora de servicios fotográficos? ¿Es mi deber como consumidor asegurarme de que el formato de todos mis archivos digitales esté listo para que sus máquinas puedan abrirlos? No lo creo. Después de todo (parafraseando a un infame político local) una foto es una foto. Si pueden imprimir las docenas de formatos que Photoshop puede abrir, uno más no tiene por qué representar un costo adicional para mí como cliente. La versión 23.2 de Photoshop puede abrir archivos WebP sin ningún problema, pero claramente Megafoto no estaba al día con las actualizaciones de ese software. Incluso GIMP, una alternativa gratuita a Photoshop, soporta ese formato desde la versión 2.9. Pero parece que pedirle un poquito de apertura a un negocio de estos, monopólico y dictador, es una batalla perdida. 

Pensé en decirle a la mujer que me atendió que me enviara un listado de los archivos en formato WebP para convertirlos desde mi celular, enviarle un nuevo archivo con las fotos listas para imprimir y así tener la totalidad de mis recuerdos en papel. Pero, a riesgo de que nos dijeran que eso también tenía un sobrecosto, Pablo le pidió que imprimiera dos copias de siete de las fotos que su Photoshop sí podía abrir. Yo ya estoy muy viejo como para andar discutiendo sobre tecnicismos con centennials (asumo que la empleada de Megafoto tiene menos años que mi cámara FujiFilm) y prefiero desahogarme escribiendo artículos llenos de rabia y decepción, como el que están ustedes leyendo en este momento. Ahí perdonan.  

jueves, mayo 14, 2020

100 cosas sobre mí

1. Mi nombre es Lucas.
2. Creo que sé leer y escribir bien.
3. Cuando me corto las uñas, lo hago sobre el inodoro y cierro los ojos antes de cerrar el cortaúñas porque me da miedo que me caiga una uña en un ojo.
4. El dedo que tengo junto al dedo gordo del pie (el que le "puso la sal") está torcido, desde que nací, en ambos pies.
5. Tengo miopía, astigmatismo y misofonia.
6. La primera vez que usé una lavadora fue a mis 34 años.
7. La primera vez que fui a un concierto de rock fue a mis 16 años.
8. La primera vez que conocí un país distinto del mío fue a mis 8 años.
9. Tengo muchos instrumentos y no soy bueno para tocar ninguno de ellos.
10. Tengo una biblioteca llena de libros acerca de los Beatles y no he leído la mayoría de ellos.
11. Disfruto del rock alternativo, el jazz y la música clásica. Y Pérez Prado.
12. No soporto el reggaetón, el vallenato, las rancheras, el hip hop ni la salsa.
13. Tampoco me gustan las salsas.
14. Tuve un grupo de música con el que grabamos un álbum y nunca lo publicamos.
15. Sé español e inglés.
16. Soy ateo.
17. Escribí un libro y nunca lo publiqué.
18. Cursé la primaria y el bachillerato en un colegio católico y estudié comunicación social en una universidad privada.
19. Siempre me gustó programar, pero nunca aprendí a hacerlo bien.
20. Me gusta la pizza pero soy muy selectivo con los ingredientes. También me gusta la tocineta. Me gusta la pizza con tocineta.
21. Prefiero vivir de noche que de día, pero parece que el mundo no funciona así. No me gusta levantarme temprano.
22. No me gusta ver ni practicar deportes.
23. Una vez viajé a Australia y me gustaría volver.
24. Una de las sensaciones más poderosas que he experimentado (y que más me gustan) es la de tocar música frente a un público.
25. Me gusta dormir.
26. No creo en la astrología.
27. Me gustan los perros y los gatos, pero no todos los perros ni todos los gatos.
28. Me gusta cantar pero no lo hago bien.
29. Me gustan los cómics de Disney, sobre todo los de Carl Barks.
30. Me gusta el helado de arequipe y el de vainilla.
31. He sido analista en un banco, editor en un periódico y profesor en una universidad.
32. No le temo a la muerte pero sí a la agonía.
33. Me salieron seis muelas cordales y me sacaron cinco.
34. Tuve ortodoncia dos veces en mi vida.
35. Repetí octavo grado en el colegio.
36. Puedo pasar días enteros sin hablar.
37. Nací prematuramente.
38. Los médicos le dijeron a mi mamá que morí en dos ocasiones. La próxima vez que muera será la tercera.
39. Mi grupo favorito son los Beatles.
40. No tengo tatuajes ni "piercings". No me haría ninguno.
41. Puedo ver varios capítulos de una serie de manera consecutiva, pero me cuesta concentrarme para ver una película larga.
42. Tuve un accidente que me dejó diez fracturas en la cara. Tengo cinco platinas de titanio.
43. Mi única superstición es que creo que da mala suerte dormir con las medias puestas. No sé de dónde salió esa creencia.
44. Admiro a Daniel Samper Pizano y tengo casi todos sus libros.
45. Mis ojos son verdes.
46. No me gusta comprar ni probarme ropa.
47. De todas las personas que hay y ha habido en el mundo, solo una es mi hermano. Es mayor que yo.
48. No estudié ingeniería porque creí que era malo con los números.
49. Cuando era niño admiraba muchísimo a Albert Einstein, aunque nunca traté siquiera de entender su obra.
50. Hoy admiro a Carl Sagan y a Neil deGrasse Tyson.
51. Mi primera borrachera fue a mis 19 años. También fue mi primera vez en una clínica por eso. Culpo a Elías.
52. He visto "Friends" varias veces.
53. A mis 11 años inventé un sistema de representación gráfica de progresiones aritméticas al que llamé "delectomorfo".
54. No me gusta la política, a pesar de que me identifico más con el liberalismo que con el conservatismo.
55. He intentado aprender a leer música en varias ocasiones, pero no lo he logrado.
56. Creo que la primera vez que salí en televisión fue a mis 14 años. No dije nada importante.
57. No hablo más de lo necesario y prefiero escribir que hablar.
58. No soporto las notas de voz. Escribí un artículo explicando por qué.
59. No me gusta hablar por teléfono ni sostenerlo a mi oreja. Si tengo que tener una conversación, espero que sea corta. Prefiero pedir domicilios por una aplicación o por un sitio web en vez de hacerlo por teléfono.
60. No me gusta el tráfico (¿a alguien sí?). Aprendí a manejar porque me obligaron.
61. Me gustaba el vodka y no me gusta la cerveza. Ya no bebo.
62. No me gustan las películas ni los libros de terror y no entiendo por qué a otras personas sí.
63. Me rehusé a tener productos de Apple hasta que conocí el iPad en 2010. Aún pienso que son excesivamente costosos.
64. Solo fumé una vez en mi vida y no me gustó. Aborrezco el olor a cigarrillo.
65. Por lo general prefiero estar en mi casa que afuera.
66. No sé bailar ni quiero aprender. Soy excesivamente descoordinado.
67. Tengo ancestros españoles e indígenas.
68. No como fríjoles, arroz, sopas, purés, espagueti, habichuelas, garbanzos, arvejas ni carnes a término medio. Me dan arcadas.
69. Les temo a las agujas.
70. Tuve disautonomía y se supone que ya no la tengo.
71. Hago todo lo posible para evitar conflictos en mi vida.
72. No me molestan los espacios desordenados.
73. Me retuerzo ante la mala ortografía.
74. He visto a Paul McCartney en vivo dos veces.
75. Me gusta escribir canciones y quisiera escribir más.
76. Prefiero la oscuridad que la luz.
77. Tuve una tienda por Internet. Ya no la tengo.
78. Subí mi primer video a YouTube en 2006.
79. Fui el anfitrión de un programa de radio a mis 20 años.
80. Mi primer trabajo formal fue a mis 19 años.
81. Tuve mi primer celular a mis 16 años.
82. Nunca he viajado a China.
83. No me gusta usar trajes ni corbatas.
84. Entre los programas que más me gustan está Breaking Bad, Friends, That '70s Show, The IT Crowd, Seinfeld, Will & Grace, Frasier, The Nanny, Saturday Night Live, The Late Show with Stephen Colbert, The Late Late Show with James Corden, Last Week Tonight.
85. Entre mis podcasts favoritos está Radiolab, Hidden Brain, Planet Money, StarTalk Radio, Twenty Thousand Hertz, Science Vs. Los programas "Cabin Pressure" y "John Finnemore's Souvenir Programme" me gustan, aunque no son podcasts.
86. Vivo con un gato al que quiero mucho, pero no sé si él me quiere.
87. Una de las razones por las cuales estudié comunicación fue Jaime Garzón.
88. Una vez entré al hotel donde se estaba quedando Coldplay en Bogotá y vi a Will Champion entrar por una puerta. También hablé por teléfono con Jonny Buckland.
89. Creo que Fito Páez se enojó conmigo alguna vez, cuando intenté entrevistarlo.
90. Me fascinan las galletas Milano de Pepperidge Farm.
91. Si tuviera mucho dinero, compraría un auto eléctrico o un apartamento.
92. Me gustaría haber entrevistado a Marcos Mundstock.
93. Nunca me ha gustado organizar fiestas para celebrar mi cumpleaños. Quise hacer una para el número 35 pero el mundo estaba en cuarentena por el COVID-19.
94. No quiero casarme ni tener hijos.
95. No me gusta conversar con personas que no conozco.
96. Nunca he ganado la lotería.
97. Casi siempre me afeito mientras me ducho.
98. Creo que los libros de superación personal son un placebo para quienes los leen y una máquina de dinero para quienes los escriben.
99. Sumo, resto y multiplico con dificultad. No sé dividir.
100. Odio las mentiras y los mentirosos.

Ahí perdonan.

miércoles, mayo 17, 2017

Guía para decir “no” en Tinder (a mi estilo)

Foto de Daniele Pesaresi en flickr.com
Sí, lo admito: uso Tinder. Si tienes una edad cercana a la mía, quizás también lo uses. A veces, incluso, me ha sorprendido encontrar ahí a algunas personas que conozco en la vida real. La gran mayoría de las conversaciones (si es que inician) no pasa de un tímido saludo y un par de preguntas y respuestas banales.

Pero el primer filtro, claramente, está en las fotos de los perfiles, esas que con frecuencia dicen poco o nada de la personalidad de quien es representado por ellas. Con base en dichas fotos, el usuario puede deslizar el dedo por la pantalla hacia la izquierda para decir “no”, o hacia la derecha para decir “sí”, a un interés por la persona que allí aparece.

A ti te pueden gustar los hombres o las mujeres, siendo tú un hombre o una mujer, y del mismo modo en el sentido contrario*. No existen reglamentos, decálogos ni tutoriales (por lo menos no de manera oficial) que expliquen que Tinder deba usarse para uno u otro fin ni de una u otra manera. En otras palabras, tú puedes hacer lo que te dé la gana cuando usas la aplicación.

No me interesa dar explicaciones sobre mi “mujer ideal” o mi “perfil soñado”, pues ni siquiera creo que exista. Pero está claro que diré “no” en caso de que:
  • Escribas tu nombre como “ANdREiithA”.
  • Tengas una sola foto en tu perfil.
  • Todas tus fotos sean tomadas desde el mismo ángulo.
  • Salgas haciendo cara de pato en todas tus fotos.
  • Todas tus fotos sean grupales y sea imposible saber cuál eres tú.
  • “Trabajes” en Herbalife o digas trabajar como practicante en Facebook.
  • Te gusten los libros de Coelho, Chopra o autores similares.
  • Digas que tu mejor amigo es Jesucristo.
  • Fumes.
  • Todas tus fotos sean de la época del colegio pero en tu perfil dice que tienes 31 años.
  • Hayas estudiado en la “Universidad de Jarbar” (es real, lo vi con mis propios ojos).
  • Tengas barba y/o bigote.
  • Profeses activamente un odio antinatural por los Beatles.
  • Digas que te gusta “toda” la música. Eso es mentira. A nadie le gusta toda la música.
  • Apoyes a Trump.
  • Escribas en inglés, pero mal.
  • Te describas como “Prinsesa” (también es real, también lo vi).
  • Tengas entre tus fotos una de ti tocando el pene de una de las esculturas de la Plaza Botero por aquello de la “buena suerte”.
  • Uno de tus intereses sea la astrología.
Decir que te gusta el vino, el café o el cine no necesariamente te hace más interesante. Y, hablando de cine, en otra ocasión también puedo explicarte las razones por las que no me gusta.

* Esto, lector, no es más que una paráfrasis.

domingo, marzo 12, 2017

Adiós, prima Donna

En abril de 2009 recibí un misterioso paquete dirigido a mí. Al abrirlo, con sorpresa, descubrí que Genoveva Nieto (la famosa “prima Donna” de la comedia “Dejémonos de Vainas”) había cumplido la promesa que me había hecho poco tiempo atrás: la única cinta de Betamax que, de acuerdo con la breve nota que le adjuntó, era lo único que conservaba de su paso por la serie de televisión.

La primera vez que hablé con ella fue a través de Facebook.

Así, a diferencia de como lo hacía Juan Ramón Vargas, actuamos a veces los periodistas que nos graduamos a principios de este siglo. Contactamos a nuestras fuentes por mensajes digitales y no por llamadas telefónicas, cartas o visitas en persona; o por lo menos no con la misma frecuencia que nuestros colegas del siglo pasado.

Quería hablar con Genoveva porque en ese entonces me había dado a la tarea de escribir una gran crónica que contara la historia de la serie “Dejémonos de Vainas”, una exitosa comedia colombiana ideada por el director Bernardo Romero Pereiro y el periodista Daniel Samper Pizano.

La “prima Donna”, el personaje interpretado por Genoveva, era la molesta sobrina de Juan Ramón; la niña sabelotodo que siempre aparecía para fastidiar a los Vargas con sus arrogantes y engreídos comentarios. La actriz, por el contrario, era la antítesis del personaje. Genoveva era amable, sonriente y encantadora. Esa fue la impresión que me dio al conversar con ella en su oficina, en Bogotá.

Hablamos de su paso por la serie, de sus inicios como actriz, del trabajo con Bernardo Romero y sus compañeros del elenco... tenía una memoria impresionante. La gente todavía la reconocía en la calle. Me contó que solamente tenía buenos recuerdos de su trabajo allí, aunque sus padres no querían que le pagaran mucho como para que no se entusiasmara con eso de dedicarse a la actuación.

Genoveva Nieto


Al terminar la entrevista, le tomé un par de fotos junto a un mapamundi que había en su oficina, y nos hicimos un par de promesas: ella, que me iba a enviar unas cintas de Betamax con sus grabaciones de “Dejémonos de Vainas”; y yo, que se las iba a devolver (¡obviamente!).

Días después, cuando recibí el paquete proveniente de Bogotá, me alegré inmensamente al leer la nota que lo acompañaba:

“Querido Lucas:
Te mando el cassette del que te hablé. Espero que lo puedas copiar.
Cuídamelo mucho que es lo único que tengo de Dejémonos de Vainas
Un abrazo
Genoveva”


Así supe que tenía en mis manos un pedacito de la historia de la televisión de mi país. Por fortuna, antes de devolverlo, pude copiarlo para mi investigación y, por supuesto, para reír gracias a la creatividad del guión de Bernardo y a la brillante actuación de Genoveva.

Después de esa entrevista que tuvimos, no volví a ver a “Geno”. Hablábamos ocasionalmente a través de Facebook. Ella siempre estuvo pendiente de mi crónica, me felicitaba en mis cumpleaños y en ocasiones como el año nuevo o la Navidad. Yo, a través de la red, veía las fotos de sus viajes y sus salidas con amigos. En esas fotos nunca la vi sin su característica sonrisa, una que rara vez mostraba la “prima Donna”.

A pesar de que no volvió a actuar con tanta frecuencia como lo hacía en su adolescencia, lo cierto es que Genoveva dejó una marca en una generación de colombianos que deberá recordarla, no por lo fastidioso de su personaje, sino por su personalidad atenta, amistosa y afable.

Adiós, Genoveva. Un fuerte abrazo y hasta siempre, dondequiera que estés.



jueves, junio 16, 2016

No más plegarias

Foto: Yoko Ono Lennon
El imbécil que asesinó a John Lennon en diciembre de 1980 no tuvo ningún problema a la hora de conseguir un arma. La misma facilidad tuvo el idiota que baleó a la cantante Christina Grimmie el pasado 10 de junio, e igual fue para el desquiciado y homófobo troglodita que acabó con la vida de 49 personas y cambió para siempre la de otro medio centenar tan solo dos días después.

Y al día siguiente, mientras los familiares y amigos de las víctimas lloran de la tristeza y de la rabia, las leyes siguen igual. Sigue siendo igual de fácil hoy, como era en 1980, el acceso a armas semiautomáticas y rifles de asalto para los mismos mortales comunes y corrientes (y los locos también) que no pueden llevar más de cien mililitros de champú en un vuelo comercial.

Tampoco faltan las críticas a los medios de comunicación porque, en esta, la “era digital”, los mismos que se esconden detrás de la pantalla de un celular o un computador se creen comentaristas expertos y la autoridad máxima en relación con cuanto tema esté moviéndose por los noticieros. Todos ellos se las dan de analistas, críticos (o criticones), jueces, abogados de los buenos y los malos, eruditos, sabios, doctos, cultos, entendidos y demás sinónimos de “sabihondo” que pueda haber en los tesauros. Habrá quienes pregunten por qué tantos cambiamos nuestras fotos de perfil por un “Je Suis Charlie” mientras en Colombia la guerrilla secuestra y mata casi a diario. Pero así somos, esas preguntas sin respuesta van a estar ahí siempre. Todos opinamos cosas distintas, todos creemos que tenemos la razón, como si la verdad fuera absoluta, objetiva e imparcial. Pero el mundo está lleno de colores y matices: no todo es a blanco y negro.

Voy a atreverme, con el perdón de quienes me leen, a sumar mi voz a esa multitud de opiniones que son tan válidas como vacías a veces. Quiero hacerlo porque la masacre del club Pulse en Orlando, más allá de haber sido el mayor ataque terrorista en la historia de Estados Unidos desde el 11 de septiembre de 2001, fue un crimen de puro odio en contra de personas que se identifican con un estilo de vida que, por sí mismo, puede haberles causado más angustia, soledad, discriminación y sufrimiento del que cualquier ser humano debiera soportar en cualquier momento de su vida. El mismo sentimiento que llevó a Sergio Urrego a tirarse desde la terraza de un centro comercial.
Foto: Sergio Urrego / Facebook

Ese sentimiento, tan fuerte y arraigado quizás por el pudor característico de nuestros ancestros rezanderos, ultraconservadores y de doble moral, no hace que ningún hombre o mujer sean merecedores de recibir uno o los balazos que sean en la cabeza.

La masacre de Orlando (y ahora soy yo quien opina) pudo haber sido el resultado de la laxitud de las leyes estadounidenses, de la homofobia u homosexualidad escondida de un tipo loco, de una ideología motivada por tendencias religiosas extremistas o una combinación de todas las anteriores. No tenemos y quizás nunca tendremos la certeza de decir que fue por una razón equis o ye.

Después de haber leído y escuchado opiniones de varios personajes de la vida pública, y después de haber derramado lágrimas con los discursos de John Oliver (anfitrión del programa “Last Week Tonight”) y Anderson Cooper (periodista de CNN), concuerdo en que las “razones” que llevaron al desgraciado tirador a apagar decenas de vidas en una noche de música, baile y diversión, realmente no son importantes. Con decir esto no quiero restarle importancia a lo que sucedió. Quiero decir que las consecuencias son las mismas, y tratar de entender lo que pasaba por la mente de un asesino muerto no va a devolver el tiempo ni va a cambiar los hechos.

Pero quiero creer que esto trae, una vez más, a la atención del mundo dos temas que, a mi juicio, son los más importantes: el debate sobre el control de armas de fuego y el asunto de la homofobia. Hoy es más común que los niños que están en primaria les cuenten a sus amiguitos que tienen dos papás o dos mamás, o por lo menos es más común de lo que era hace menos de medio siglo. El mundo está entendiendo, muy lentamente, que hay cosas más importantes en este planeta que preguntarse con quién follan o dejan de follar mis vecinos.

Como dijo Samantha Bee después de lo ocurrido en Pulse, sentarse a orar en silencio es inútil. Las oraciones no cambian nada. Las oraciones no son más que sentarse en una habitación a hablar con alguien que no está ahí y que no puede darnos ningún tipo de retroalimentación. Por más que oremos, las matanzas siguen ahí. Diferente es el caso de Australia, que no ha tenido una sola masacre desde que se abrió el debate de control a las armas en 1996. Las personas hacen y deshacen, mientras las deidades y los santos están ahí, quietos, tranquilos, en los libros y en la imaginación de esas personas que hacen y deshacen.

Tiene el mismo efecto una plegaria que un “hashtag” o un cambio temporal de foto de perfil. Lo que necesitamos, si queremos dejar de llorar por muertes violentas e injustas, es entender que no todos somos iguales y no todos pensamos igual. Es entender que dos tipos besándose en la calle no es un crimen sino una inocente muestra de afecto. Es entender que la homosexualidad o cualquier preferencia que no sea “lo tradicional” no fue nunca una enfermedad.

Yo quiero que los nietos de mi mejor amiga (o los de sus hermanos o hermanas) conozcan la historia de cómo ella conoció a su esposa, y quiero que para ellos el amor y el matrimonio sean asuntos propios de personas, de seres humanos, sin importar lo que tengan entre las piernas.

El amor, quiero creer, siempre prevalecerá sobre el odio.

miércoles, febrero 12, 2014

Mi año en seis minutos

En febrero de 2013 conocí la aplicación 1 Second Everyday, diseñada por Cesar Kuriyama. Este personaje quiso inventar una herramienta que le permitiera grabar un segundo de video cada día, con el fin de hacer una película que mostrara todos los días del resto de su vida. Incluso dio una conferencia TED para mostrar su idea al mundo.

La aplicación estuvo inicialmente disponible para dispositivos con el sistema operativo iOS y, en agosto de 2013 se publicó también para dispositivos con Android.

Me gustó el concepto y empecé a hacer dos películas de forma paralela: una con la cámara de adelante de mi teléfono para grabarme (casi siempre) con otras personas y otra con la cámara de atrás para grabar (casi siempre) lo que ocurría a mi alrededor. En un año capturé imágenes de lugares, personas y eventos que posiblemente hubiera olvidado si no tuviera esta aplicación.

Un año después, este es el resultado:

Cámara de adelante:


Cámara de atrás:


Ahí perdonan.

miércoles, febrero 08, 2012

La foto que no me tomé con Spinetta

Esta es la foto que se tomó mi amigo con Spinetta.Estudié con un tipo que fumaba mucho y no solamente cigarrillos comunes y corrientes. El hombre era propietario (o, por lo menos, eso decía) de una guitarra que alguna vez perteneció a Charly García. Recuerdo que era un ferviente admirador de Luis Alberto Spinetta. Yo, a decir verdad, nunca le puse mucha atención a la música del "flaco".

En 2003 compré el "Naturaleza Sangre" de Fito Páez y me encantaron todos los temas. Uno, en particular, atrajo mi atención. Era Fito cantando con otro tipo, con una voz particular. No estaba tan acabada como la de Charly ni tenía el tono característico de Cerati. En los créditos del álbum resolví mi duda: era Spinetta.

En 2004, Gonzalo Aloras, el rockero argentino que tocó durante muchos años con Páez, vino a hacer su gira "bola 8" a Colombia. Primero pasó por un par de bares en Medellín y al cabo de unos días se fue para Bogotá. Él y yo, aunque no juntos, íbamos a asistir al festival Rock al Parque en la capital del país. Aloras iba como espectador, no como participante. Sin embargo, ofreció una presentación en un bar (Gótika, si la memoria no me falla). Al finalizar, se oía el rumor de que Spinetta estaba en el segundo piso del lugar. Aloras y las personas que le acompañaban subieron.

Esa noche yo estaba con Ana, mi gran amiga, y le sugerí que fuéramos a saludar a Gonzalo. Allí vi que unos amigos míos estaban tomándose fotos con Spinetta mientras el público que estaba en el primer piso lo llamaba insistentemente por su apellido. Todos querían oírle cantar.

Cuando Ana fue a darle las gracias a Gonzalo por sus canciones, él le susurró al oído: "tenés el mismo olor de Spinetta". Ella no pudo dejar de sonreír durante el resto de la noche. Tuve que aguantármela diciendo "¡tengo el mismo olor de Spinetta!" hasta el día siguiente. Simpático recuerdo.

Poco después Fito sacó un álbum en el que su nombre se juntaba, de nuevo, con el de Luis Alberto. En "Moda y Pueblo", Páez rendía tributo al flaco con "Muchacha ojos de papel". Años después escuché el homenaje que hizo Aloras a sus héroes musicales: el disco "Superhéroes". Ahí estaba una bellísima versión de "Quedándote o yéndote", de Spinetta.

En el álbum "12", el más reciente de Aloras, un fragmento de una canción en la que el par de flacos comparten líneas vocales bien podría estar hablando de Luis Alberto: "yo no he encontrado nada mas sereno que tu propia voz". Así era.

Tengo una foto de Ana y Gonzalo, pero ninguna de Luis. Si bien es triste entender que nunca podré fotografiarlo, me reconforta pensar que, en algún no lugar, Lennon está de fiesta con Spinetta.

Nunca supe qué pasó con el dueño de la guitarra de Charly, salvo que estuvo viviendo en Argentina por un tiempo. Si aún vive, debe estar llorando la partida de quien, sin duda, es uno de sus héroes. El rock llora con él.

domingo, septiembre 11, 2011

Mis recuerdos del once de septiembre

Uno sabe que un día fue importante cuando, diez años después, todavía recuerda los eventos de ese día.

El martes 11 de septiembre de 2001 salí de mi casa poco antes de las seis de la mañana y miré hacia abajo para leer el titular del periódico que llegaba todos los días al tapete que estaba frente a la entrada. Decía algo sobre la llegada de Colin Powell, el secretario de estado de Estados Unidos, a Colombia, que estaba programada para ese día.

Yo iba en camino a tomar el bus que me llevaría al colegio, como todas las mañanas. Tuvimos un espacio de unos veinte minutos con el profesor de ética. Eso no era normal, porque cada mañana había una reflexión o conversación con nuestro director de grupo. No recuerdo por qué ese día fue distinto. A las 7:20 empezaba la clase de religión, pero fuimos al salón y el profesor no estaba. Los ataques a las torres gemelas ocurrieron a las 7:46, hora colombiana, entonces no era posible que el profesor se hubiera ausentado a causa del cubrimiento mediático. Tampoco era normal que los docentes faltaran a una clase sin avisar con anterioridad.

En el salón, no sabíamos que hacer. Todo el grupo salió a caminar por los corredores del colegio, cantando “no tenemos docente”. Fuimos a la sala de profesores y a las cafeterías, pero no encontramos a este personaje.

A las 8:45 era el primer descanso del día. Subí las escaleras que daban a la biblioteca del colegio y allí me encontré con Diego, un compañero, que me preguntó si había oído que el mundo se estaba acabando. Yo creí que era un chiste. “¡Güevón, explotaron las torres gemelas y el pentágono en Estados Unidos!”. Yo no le creí. En esa época, yo ni siquiera era consciente de que existiera un par de torres iguales en ese país. Seguro que había oído hablar de ellas en algún momento, pero no las recordaba.

Entré a la biblioteca y vi un círculo de personas reunidas en torno al único televisor que había allí. Ahí me preocupé. En la pequeña pantalla se veía que las dos torres estaban en llamas. Humo por todas partes. La gente hablaba del comienzo de la tercera guerra mundial. Recuerdo haber visto la cara de angustia de Daniel, uno de mis amigos más cercanos en aquel entonces, mientras una de las torres empezaba a colapsar.

A las 9:20 teníamos clase de inglés. Por fortuna teníamos televisor en el salón, de manera que toda la clase se nos fue fue viendo las noticias. Yamid Amat ya hablaba de Osama bin Laden como posible autor intelectual del atentado. Se habló también del choque del vuelo 93 de United Airlines, que había ocurrido minutos antes.

Más tarde tuvimos otro descanso. No me despegaba de un pequeño radio amarillo que tenía. Oía las noticias. Las cafeterías estaban llenas de gente que hablaba de lo que estaba ocurriendo. Después, en clase de educación física, todos mirábamos con temor hacia arriba. Nadie sabía que podía suceder.

En la tarde llegué a mi casa y empecé a ver CNN. Ya las dos torres habían caído. Se veían las mismas imágenes de destrucción y caos una y otra vez. Aparentemente los noticieron no tenían nada nuevo qué decir.

En la noche decidí abrir uno de esos sitios web que tienen cámaras que muestran diferentes lugares del mundo. Creo que era EarthCam. Vi una cámara que apuntaba hacia donde estaban las torres. Se veía una nube negra encima de la ciudad. Al día siguiente, muy temprano en la mañana, volví a ingresar. Todavía había humo en el aire.

No recuerdo nada de lo que pasó el doce de septiembre. Ahí perdonan.

sábado, septiembre 03, 2011

El tiempo para lo demás

Alguna vez leí una columna de opinión en el periódico que hablaba de la regla del ocho: ocho horas para dormir, ocho horas para trabajar y ocho horas para lo demás.

Empecé a pensar qué tan cierta podía ser esa, a mi juicio, atrevida afirmación.

Veamos: a mí me gusta dormir. La gente dice que, conforme pasa el tiempo, un adulto puede descansar de igual forma si duerme menos horas que un adolescente o un niño. A mis veintiseis años de edad, puedo dar fe de que, en mi caso, menos de ocho horas no es suficiente para pasar todo un día bien despierto, activo y concentrado. Necesito ocho horas de sueño como mínimo.

Y vamos en orden: cuando me levanto, me tomo al menos una hora para desayunar, bañarme y vestirme. De ahí salgo a trabajar. Vamos sumando. Me tomo treinta minutos en ir desde la casa hasta la oficina en la mañana y cuarenta minutos en el camino de vuelta. En total, es una hora y diez minutos de tiempo perdido.

Mi jornada laboral, por estos días, es de ocho horas, con un espacio de dos horas en el medio para almorzar. Si bien el solo hecho de almorzar no ocupa las dos horas completas, el resto del tiempo se va en el transporte desde mi lugar de trabajo hasta mi hogar. Tener un automóvil en una ciudad famosa por su tráfico vehicular en las horas pico no es tan práctico como uno quisiera.

Al llegar a casa, queda la cena: unos cuarenta minutos, aunque a veces puede ser menos.

Hay otras pequeñas actividades que toman tiempo y que son necesarias, así uno crea que no. Por ejemplo: lavarse los dientes, cambiarse la ropa, subir escaleras, esperar ascensores, parquear el carro. Supongamos que la suma de todo esto nos quita veinte minutos, en el peor de los casos.

Así las cosas, habría que incluir una categoría adicional a las que menciona el autor de la columna: el tiempo libre que no hace parte de “todo lo demás”. Es decir, el tiempo que uno podría usar para dedicarlo a la familia, los proyectos, los pasatiempos, las distracciones, los amigos y las relaciones humanas.

Hagamos cuentas:

Actividad Tiempo de actividad Tiempo acumulado
Sueño 8:00:00 8:00:00
Ducha y desayuno 1:00:00 9:00:00
Transporte / trancones 1:10:00 10:10:00
Trabajo 8:00:00 18:10:00
Almuerzo y transporte 2:00:00 20:10:00
Cena 0:40:00 20:50:00
Otras tareas 0:20:00 21:10:00
Tiempo libre 2:50:00 24:00:00

Así se me van los días de lunes a viernes. Los fines de semana son otro cuento. Es triste que, de las ocho horas que promete el columnista para "lo demás", menos de tres sean tiempo aprovechable. ¿Será que ese tiempo que llamo "libre" es suficiente para crecer como persona? No me gustan los consejos ni las fórmulas de quienes se creen gurúes de la autosuperación y por eso me pongo a hacer cuentas como estas.

¿Cómo manejan ustedes, lectores, su tiempo? ¿Creen que la regla del ocho funciona?

Ahí perdonan.

domingo, mayo 08, 2011

De mi relación con los Beatles

Ya han pasado más de diez años desde que Shawn Fanning y su tío crearon Napster, el infame software que permitía descargar archivos de música, video y programas sin ningún costo.

En esos tempranos años de la primera década del siglo XXI, yo era un estudiante de colegio que a duras penas tenía dinero para comprar un disco compacto. Napster era la mejor manera de descargar música en aquel entonces. Yo podía acceder a canciones que nunca llegarían a las tiendas locales y conocer la música de artistas que jamás harían una gira que pasara siquiera por el continente en el que vivo.

Un día de 2000, cansado de oír las mismas canciones una y otra vez, decidí escribir en la casilla de búsquedas de Napster el nombre de un grupo que sabía que existía, pero cuya obra no conocía: los Beatles.

La lista de resultados mostraba que cientos de usuarios tenían la misma canción en computadores de todas partes del mundo, y aparentemente había recibido una muy buena calificación por parte de todos estos personajes que, como yo, recurrían a la piratería para satisfacer su curiosidad. La canción era "Eleanor Rigby". Le di doble clic al título para empezar a descargarla y, minutos después, la escuché por primera vez.

Me quedé boquiabierto ante lo que oía. El estéreo, las armonías, la melodía y la música eran hipnóticos. Nunca había escuchado algo así.

Poco después vi un comercial de televisión que anunciaba el disco "1", que incluía los sencillos de los Beatles que llegaron al primer puesto en las listas de música de Inglaterra y los Estados Unidos. En cuanto tuve la oportunidad, lo compré.

Debo confesar que, cuando escuché el álbum por primera vez, no quedé muy impresionado. Se trataba de un grupo de canciones con estilos diferentes, pues entre 1962 y 1970 la música de los "fabulosos cuatro" cambió mucho. Era difícil de digerir. No experimenté la misma sensación de maravilla que había sentido cuando oí "Eleanor Rigby", a pesar de que había en ese disco canciones que eran familiares para mí.

La magia ocurrió después: un día me di cuenta de que había una melodía que daba vueltas dentro de mi cabeza y no lograba recordar quién la cantaba ni cómo se llamaba. Me estaba volviendo loco. Para distraerme, puse el CD de los Beatles en mi equipo de sonido y empecé a oírlo una vez más. De repente, una de las canciones coincidió con la melodía de mi cabeza. Era el piano de "Lady Madonna".

En ese momento pensé que la música de estos cuatro personajes era poderosa. Cada vez que oía esos temas, me gustaban más. Me di a la tarea de conseguir más álbumes y descubrí que un amigo mío también disfrutaba de la música de los Beatles. Me acordé de Mafalda y su amor por ese grupo.

Al finalizar el año, mi madre me regaló el libro de la Antología de los Beatles en español. Era la historia del grupo contada por ellos mismos, su manager, su productor y otros personajes cercanos. Desde ahí empezó mi obsesión, casi enfermedad, por todo lo relacionado con su vida y obra. Hoy tengo libros, películas, documentales, afiches, postales, camisetas y demás chécheres con la imagen de estos individuos que transformaron la historia de la música. Un grupito pequeño y genial, como alguna vez dijo Paul McCartney. Esa es la historia de mi relación con los Beatles. Ahí perdonan.

martes, marzo 22, 2011

Habrá locas, pero también locos

Hay muchos locos sueltos y hay mucho odio en el mundo. El hecho de que yo haya calificado de locos a los locos podría ser interpretado por personas llenas de odio como un síntoma de ese sentimiento. De cualquier manera, sigo creyendo que hay muchos locos sueltos y, por fortuna, tengo la libertad de opinar lo que me venga en gana.

Dos hombres se besan en televisión y sale en las noticias una loca fundamentalista con el seudoargumento de que la Biblia dice que la homosexualidad es un pecado. Vamos a ver. Amigo -loco o cuerdo-: lo invito a que saque su copia de la Biblia de la biblioteca de sus papás y le sople el polvo que ha de tener acumulado en la cabeza.

En Genesis 19 se cuenta cómo cae el azufre y el fuego sobre Sodoma y Gomorra, dizque por la perversidad de sus habitantes. Lo que los fundamentalistas no leen es que, tiempo después (Génesis, 19:33), las hijas de Lot se acostaron con él y quedaron embarazadas. Esto, además de ser incesto, está prohibido, según dice en Levítico 18:6.

Después, Levítico 20:13 dice que quien se acueste con otro hombre como quien se acuesta con una mujer, comete un acto abominable y será condenado a muerte.

A los defensores de los derechos humanos de hoy les parecerá un escándalo, pero en épocas pre-cristianas también era menester morir apredreado por maldecir a los papás (aquí moriría gran parte de la población adolescente occidental) y cometer adulterio (morirían jóvenes, adultos y ancianos mientras los abogados se quedarían sin trabajo), entre otras causas.

Yo les pregunto a los estudiosos de la Biblia, sacerdotes, teólogos y demás expertos: Si en Levítico 18:1-2 dice que estos mensajes iban del Señor a los israelitas de hace yonosécuántos cientos de años, ¿es válido que esos preceptos sigan vigentes en la Colombia de hoy, o en la América de hoy? No cuestiono el hecho de que sea bueno o malo, por ejemplo, tener relaciones sexuales con animales (algo que no se recomienda en Levítico 18:23): la “bondad” o “maldad” del acto se decidirá según la legislación, la ética y la moral de cada individuo y cada territorio; y quien incurra en uno de esos actos pecaminosos deberá asumir las responsabilidades de sus actos según lo impuesto por la sociedad en la que viva. En épocas bíblicas, el castigo era el exilio.

En 1 Corintios 6:9-10 se pone a los homosexuales en el mismo nivel de los fornicarios (es decir, a todo aquel que copule por fuera del matrimonio), de los avaros, los ladrones, los borrachos, los calumniadores y los estafadores. En resumen, todos los protagonistas de las noticias del medio día. De ellos se dice que ninguno heredará el reino de Dios. Y no vemos a ningún fundamentalista criticando a estos ejemplares personajes.

También me pregunto: ¿Por qué los locos fundamentalistas no salen con una Biblia en la mano, en televisión, protestando por la cantidad de series y filmes con asesinatos, sangre y sufrimiento que pasan en horario familiar? En Romanos 1:29 se habla mal de los homicidios, los mismos que son protagonistas en las producciones audiovisuales de ficción y en los noticieros con información supuestamente veraz y tristemente real. ¿Cómo es que un beso produce tanto escándalo pero los padres de los niños que dirigirán el mundo de mañana se quedan impávidos ante las imágenes de destrucción, violencia y caos que pasan frente a los ojos de sus hijos? No me jodan. No entiendo.

Habrá quien me acuse de ser homosexual por defender a los homosexuales. Para que no quede duda, lo digo acá: el hecho de que yo no sea gay no quiere decir que tenga que ser un homofóbico, loco, como tantos. Creo que cada uno tiene derecho a hacer lo que quiera con su vida y a tomar sus propias decisiones, procurando siempre respetar a los demás.

La Biblia podrá decir lo que sea, pero los tiempos han cambiado, las personas y las leyes también. El contexto histórico, social y geográfico en el que fue escrito el Antiguo Testamento es muy distinto del que rige en el ámbito y momento en que se emitió ese capítulo de “Glee”.

Para rematar: Victoria Jackson (la loca que se escandalizó por el beso) es una mujer divorciada que se volvió a casar. Si actuáramos como ella, nos bastaría con salir en televisión y leer a Malaquías 2:16. A ver qué dice.

Ahí perdonan.

miércoles, febrero 02, 2011

No más rayas blancas

Los White Stripes se separaron.

La primera vez que oí su música fue en un centro comercial, en los Estados Unidos, a mediados de 2003. En uno de los almacenes estaba sonando una melodía pegajosa. Recuerdo que tenía un par de afiches de los Beatles en la mano y, antes de pagar, pregunté en la caja por el nombre de la canción que había acabado de sonar. Era "Seven Nation Army". Después de haber escuchado ese canción, quedé encantado con la energía del dúo conformado por este par de hermanos (o ex esposos, dependiendo de la fuente). Me ponía la piel de gallina esa voz cruda, áspera y a veces triste de Jack White, y me hipnotizaban los ritmos de batería que marcaba Meg.

Los vi en la película "Coffee and Cigarettes" de Jim Jarmusch, y me reí de la absurda situación que tenía que ver con una bobina Tesla. Me impresionó el vídeo de "I Just Don't Know What to Do With Myself", con Kate Moss. También me causó mucha gracia la canción "Well It's True That We Love One Another", con Holly Golightly. Me parecía fascinante el humor de ese tema en particular.

Aprendí a tocar algunas de las canciones de los White, bajando el tono de la cuerda del mi grave para hacer un patético intento de imitar el sonido de la guitarra de Jack. A veces, cuando me reúno con un grupo de viejos amigos a hacer ruido con nuestros instrumentos musicales, improvisamos una versión que no le llega ni a los talones a la "Fell in Love With a Girl" original.

La música hecha por este par de personajes es fuerte, robusta y me da ánimo. Hace que el corazón me lata con más fuerza. Oír sus discos, a mi juicio, era tan bueno como oír sus presentaciones en vivo.

Años después, Jack se embarcaría en proyectos independientes como The Raconteurs y haría colaboraciones con artistas tan disímiles como Alicia Keys. El sonido de White con su guitarra, como el de Harrison, Clapton o Aloras, es inconfundible y adictivo.
Me va a hacer falta oír música nueva de los Stripes, pero siempre disfrutaré de las grabaciones que hicieron. Ojalá algún día se reúnan como viejos amigos, a lo Simon y Garfunkel, en el Central Park.

martes, febrero 01, 2011

La entrevista de trabajo

Lo reconozco: dependo de más aparatos de lo que debería, y no estoy en un hospital. Quiero decir que mi vida no depende de aparatos, al menos por ahora. De cualquier forma, me resulta difícil pasar un día sin revisar qué hay de nuevo en Twitter, mi Google Reader y en la página principal de Reddit.

Mi sentido de la orientación, digo yo, debió haberse quedado en el departamento de repartición de sentidos cuando me fabricaron. Simplemente no lo tengo. Cuando estaba pequeño y jugaba a ponerle la cola al burro, con los ojos vendados, bastaba con un giro de 180 grados para que la cola terminara en la frente de uno de mis pequeños amigos.

La primera vez que vi un GPS fue en un viaje que hice con mi hermano y mi cuñada a Estados Unidos, en un carro que alquilamos para viajar por las carreteras de Florida. Yo creí que ese sistema de orientación se iba a demorar décadas en llegar a Colombia, como muchas de las tecnologías que aparecen en los países dizque desarrollados, pero no. En menos de un año compré mi primer (y, hasta ahora, único) aparato de posicionamiento global, con mapas y todo. Antes de eso, era normal que me perdiera en las calles de una ciudad a la cual, a pesar de haber vivido en ella toda mi vida, conozco poco. Y, cuando me perdía, me veía en la penosa obligación de llamar por celular (y manos libres, para evadir la ilegalidad) a alguien para que me ayudara a ubicarme. Gracias al GPS, ya no tenía que recurrir a esas inconvenientes llamadas, que podían ocurrir estando alta la noche, muy para la desdicha de mis interlocutores.
Y si cerraban una vía o había un accidente, me bastaba con esperar unos segundos a que el aparato dijera, en tono plano e insípido, la palabra mágica: "recalculando".

Alguna vez escribí que una de las desventajas del GPS era el hecho de que los mapas no eran muy confiables en países distintos de los de América del Norte, pero hoy ese no es el caso. Los mapas que hacen empresas como Gisco (quienes, lo juro, no me han pagado un céntimo por mencionar su nombre) son detallados y precisos.

Puesto el contexto, empieza mi penosa historia:

Hace algún tiempo, un amigo mío me escribió para decirme que había encontrado una oferta de trabajo con la corporación BHR (vale decir que estas siglas no corresponden a las de la entidad real). El perfil que buscaba la empresa se ajustaba al mío: un comunicador social / periodista con conocimientos sobre e interés en la tecnología y la web. Me interesó la oferta y decidí enviar mi hoja de vida. Resulta que la envié y me llamaron a la casa un viernes a decirme que tenía una cita el lunes (o por lo menos eso dijeron en mi casa). Como no me encontraron, dijeron que me iban a llamar al celular. Recibí una llamada el lunes siguiente, en la tarde, y me dieron la cita para el martes a las 4 p.m.

El martes a las 3:20 p.m. salí de mi casa. El GPS indicaba que iba a llegar a la cita a las 3:47 p.m., de manera que no me preocupé por apresurarme. Me encontré con docenas de semáforos en rojo, dos accidentes y, aún así, iba a llegar a tiempo. Faltando diez minutos para las cuatro, el GPS dijo "gire a la derecha".

Hacía poco había leído en algún diario la historia de un hombre que iba conduciendo en un país que no conocía, de noche, por un sector en el que no había iluminación, y terminó cayéndose por un barranco o ahogándose en un río. No me acuerdo. El caso fue que el hombre murió por seguir las indicaciones de su GPS, aunque no lo culpo: las circunstancias no le ayudaron.

Yo nunca he seguido ciegamente las instrucciones del GPS. Siempre me fijo primero en la señalización, en los peatones, en los demás vehículos... y, finalmente, uso lo que diga el aparato parlante como guía. Eso es: una guía de navegación.

Ya faltaban diez minutos para llegar al lugar de mi entrevista de trabajo y no parecía haber ningún sitio en el que pudiera estacionar el carro. Después de oír la instrucción del GPS, noté que en esa entrada había un grupo de obreros haciendo algún tipo de reparación y cometí el error de asumir que no había forma de girar por ahí. Me pasé la entrada y entré en pánico, porque empecé a transitar por una vía principal que seguramente me alejaría de mi destino final.

Aún después de desviarme, la máquina ésta decía que iba a llegar a las 3:58, apenas a tiempo para entrar y saludar.

Tal vez el miedo me llevó a llamar a mi papá para preguntarle cuál podría ser la vía más rápida para llegar. Pasé 20 minutos dando vueltas y, una vez llegué, me estacioné. Me bajé del carro y empecé a buscar la dirección. Pasaba de la calle A a la calle B, y la dirección quedaba en la calle AA.

Ya estaba tarde: eran las 4:10. Marqué el número de la empresa para avisar y ofrecer disculpas por mi tardanza, y, cuando estaba digitando los números, vi una puerta junto a la cual había una hoja de papel, tamaño carta, hecha con una impresora común y, creo yo, cualquier programa de procesamiento de textos, con la dirección del lugar. Imposible de ver desde un vehículo en movimiento.

Entré y llegué a la recepción a las 4:15. Pregunté por la persona que iba a entrevistarme y me dijeron que la cita era a las 4. Dije que no había podido dar con la dirección, a pesar de haber salido con tiempo suficiente. La recepcionista hizo cara de que no había nada que hacer y me dijo que ellos tenían mis datos y mi hoja de vida. Trató de llamar a la persona que me iba a entrevistar y no obtuvo respuesta, según me dijo.

Le pregunté si había opciones, si era posible que yo esperara una llamada después. Le ofrecí disculpas por mi mal sentido de la orientación. Fui ignorado y descartado como si hubiera llegado insultando a todo el mundo, pero no: mi único crimen fue haberme perdido. Tuve que retirarme con un lacónico "gracias" y una débil sonrisa. Como resultado, perdí la cita y la oportunidad de trabajar con la corporación.

¿Llegué tarde? Sí. ¿Fue por falta de interés? No. Sé que es prácticamente un pecado llegar tarde a una entrevista de trabajo, pero estas cosas pueden pasarle a cualquiera. No creo que mi falta de orientación tenga que ver con las habilidades o conocimientos propios para trabajar, a menos que mi trabajo fuera taxista o busero.

Ahí perdonan.

jueves, noviembre 18, 2010

La música y yo (¿primera parte?)

Cuando yo estaba pequeño, creo que a los cinco o seis años de edad, mi abuela materna me regaló una guitarra para niños. Mi hermano, siete años mayor que yo, estaba recibiendo clases de guitarra de un profesor particular. Yo veía a mi hermano practicar canciones tradicionales, en español: desde el pop y el rock hasta las rancheras.

Como el de las clases era mi hermano, y no yo, pasaron varios años antes de que yo aprendiera a hacer sonar el condenado instrumento. Lo único que hice durante los pocos días que tuve la guitarra fue dar vueltas y más vueltas a las clavijas, hasta reventar todas y cada una de las cuerdas. La pobre de mi mamá se veía en la penosa obligación, casi, de estar comprando cuerdas para reemplazar las que yo había roto.

Mi hermano nunca me permitió tocar su guitarra, pues seguramente sabía que yo iba a desafinarla a más no poder, eso sí, suponiendo que las cuerdas resultaran ilesas. En fin, aún si la hubiera tenido en mis manos, no hubiera podido sacarle el más mínimo sonido agradable. Recuerdo un día en que entré a la habitación que compartía con mi hermano y, con las mejores intenciones del mundo (o por lo menos así lo recuerdo), empecé a cantar "las mañanitas" o alguna otra canción para despertarlo con el dulce sonido de mi voz, acompañado por una angelical tonada producida por el rasgueo de unos acordes que, seguro, yo no conocía.

Lo que mi hermano oyó fue otra cosa: un mocoso gritando notas desafinadas, al son de unos golpes medianamente rítmicos sobre las pobres cuerdas de mi guitarra. El resultado: yo recibo un almohadazo y renuncio a la idea de hacer música. Ese episodio pudo haber sido una simple broma infantil o una inocente demostración de afecto fraternal, aunque prefiero recordarlo como lo segundo.

Años más tarde, conocí a unos personajes, más o menos de mi edad, que tenían un grupo musical. La estructura era la clásica del rock: bajo, dos guitarras, batería y voz. Yo nunca había conocido a nadie que estuviera en un grupo hasta ese entonces. Yo tenia quince años y había dejado de oír la música clásica que daban en Radio Bolivariana, una emisora de mi ciudad, para escuchar con atención el rock de la década del 90 en otra emisora, llamada Radioacktiva.

Gracias a Napster, a finales de 2000, descubrí a los Beatles: un día, cansado de la misma música de siempre, me pregunté cómo sería la música de ellos. La canción que apareció con más frecuencia en esa búsqueda en Napster fue "Eleanor Rigby". Me dejó boquiabierto, maravillado. Por esos días salió el disco "1", con sus grandes éxitos, y lo compré. Aunque no me impresionó mucho cuando lo oí por primera vez, las melodías se quedaron resonando en mi cabeza. En ese momento supe que esa música me fascinaba.

A los 16 años, con ganas de aprender a tocar el arpegio de la canción "Sun King", me metí a Internet y busqué una tablatura, con la esperanza de que leerla fuera fácil para un ignorante como yo. Como no entendí un carajo, tuve que ir a preguntarle a mi hermano, que aún entonces era siete años mayor que yo.

"Estas son las cuerdas y estos son los números de los trastes. Las cuerdas se afinan de tal manera y en tal orden". A grandes rasgos, esa fue la explicación con la cual empecé a leer tablaturas y a memorizar acordes. Al principio me dolían las muñecas, tenía callos en las puntas de los dedos y me costaba trabajo cambiar de un acorde a otro, pero después de mucha insistencia fui mejorando. Practicaba en una guitarra eléctrica de marca Fernandes, sin tilde y con ese, que pertenecia a un tío mío. Él mismo, como el genio que es, había construido un pequeño amplificador para la guitarra.

La primera canción que aprendi fue "Mr. Jones", de Counting Crows. La de los Beatles era muy difícil para mí.

Después les cuento el resto de la historia. Ahí perdonan.

jueves, septiembre 23, 2010

Un sentimiento agridulce

Mi papá me despertó para darme la noticia de que "mataron al 'Mono Jojoy'".

Me acordé de los procesos de paz durante el gobierno de Pastrana, en 1999. Me acordé de la silla vacía. Me acordé de las clases de ética y filosofía del colegio, en las que hablábamos de los secuestrados y de los comportamientos ilegales de ese grupo guerrillero.

Por alguna razón, mientras veía el noticiero de la mañana, quedé con un sentimiento agridulce. Los personajes entrevistados por los presentadores hablaban de la importancia del bombardeo a las Farc y de la muerte de este guerrillero. Tenía no sé cuántas condenas encima, no sé cuántas órdenes de arresto, no sé cuántas culpas, no sé cuántas peticiones de extradición, y seguro fue responsable por cientos de secuestros y muertes.

"El Tiempo" pregunta a la gente, a través de Twitter, que cómo está celebrando la muerte de "Jojoy". El Presidente felicita a las fuerzas armadas por la operación "Sodoma". ¿Está bien que haya fiestas y celebraciones? Hubo varias muertes aquí. ¿Cuándo está bien festejar una muerte?

Ahora: se supone que vivimos en un país en el cual, primero, no hay pena de muerte; y, segundo, por la constitución, se supone que se le garantiza la vida a todos los que nacen aquí. Me pregunto: ¿es legal, legítimo o aceptable el hecho de que las fuerzas militares le quiten la vida a una persona, independientemente de los motivos que lleven a tomar esa decisión? No estoy justificando el comportamiento de "Jojoy" ni el de la guerrilla. Al contrario, lo condeno y desprecio. Yo sería el primero en apoyar la decisión de encarcelar de por vida a estos "rebeldes" que matan y secuestran. Pero lo de la encarcelación es solo porque en Colombia no hay pena de muerte. Esta gente no merece vivir.

Pero ¿quién tiene derecho a matar? Se supone que las Farc no, pero ¿por qué las fuerzas militares sí? ¿Existe algún derecho o salvedad especial que los haga inmunes a juicios realizados por organismos nacionales o internacionales? No sé. Por eso el sentimiento agridulce. Si alguien tiene respuestas para mí, se las recibo. Si no, recibo comentarios. Ahí perdonan.

Añadidura (5:39 p.m.): Según la Biblia, Dios destruyó a Sodoma y Gomorra, poblaciones con habitantes pecadores, bombardeándolas con fuego y azufre desde los cielos. Las fuerzas armadas de Colombia le llaman "Sodoma" a una operación en la que bombardearon a guerrilleros, rebeldes, desde el cielo, con quién sabe qué tipo de armas. ¿Podrán el ejército y el presidente jactarse de ostentar facultades divinas? ¿Lo harán? (¿Será casualidad el apellido del primer mandatario?) Ahí les dejo ese trompito en uña.

martes, septiembre 14, 2010

Gonzalo Aloras regresa a Colombia

La última vez que me senté a conversar con Gonzalo Aloras fue en un hotel de Bogotá en octubre de 2004, durante su gira "bola 8" por Colombia. En aquel entonces Aloras tocaba con la banda de Fito Páez, tenía el pelo más largo que por estos días y hacía poco había sacado su primer álbum como solista, titulado "Algo Vuela". La noche anterior se había presentado en un bar de la capital colombiana, y yo estaba ahí, con mi amiga Ana, entrevistándolo. Después de esa presentación, ella y yo fuimos a saludar a Gonzalo. Ana quedó encantada porque Aloras le había dicho al oído que ella tenía el mismo olor que Spinetta, amigo suyo y talentoso cantante, compositor y músico argentino.

***

Yo era apenas un estudiante de segundo semestre de comunicación social cuando tuve la oportunidad de oír la música de Aloras por primera vez, días antes de aquel momento, en el parque Lleras, en Medellín. Un amigo me había invitado a ver a este músico que, ocasionalmente, hacía espectáculos completos solo con su piano o su guitarra Parker.

Después de sacar el "Algo Vuela", Aloras publicaba uno que otro sencillo en su sitio web, pero no hubo noticias de álbumes nuevos durante algunos años. En 2008 salió "Superhéroes", un homenaje que hizo Gonzalo a los héroes musicales con cuya musica creció: Charly García, Litto Nebbia y Fito Páez.

En 2010, Aloras decidió regresar a Colombia para presentar su nueva música. Después de varios conciertos en Bogotá regresó a Medellín, y yo estaba listo para entrevistarlo otra vez. En nuestra última entrevista, nos habíamos sentado a conversar sobre cada una de las canciones del "Algo Vuela". Pensé que esta sería una oportunidad única para escuchar sus comentarios acerca de los temas que formaban parte del álbum "Ciudad Paranoia", de Mortadela Rancia. Este trabajo fue lanzado en 1994 y, gracias a él, Fito Páez conoció el talento de Gonzalo y decidió llevárselo de gira por el mundo. Nada mal para un joven músico.

Así las cosas, me senté a conversar con Aloras sobre cada uno de los temas de "Ciudad Paranoia". Les dejo un adelanto aquí:



Para quienes vivan en Bogotá, Gonzalo Aloras estará en Gaira el martes 14 de septiembre a las 9 p.m. ¡No se lo pierdan!

Para ver la entrevista completa, visiten este vínculo: http://delectomorfo.com/aloras

lunes, agosto 09, 2010

"Ahí le dejé café"


En "La Pelota de Letras", el humorista colombiano Andrés López hace un minucioso análisis cómico de las familias de su país. Como yo nací en ese mismo país, hay muchas cosas que me causaron gracia y simpatía después de ver las disertaciones de López sobre los padres, madres y parejas de mis compatriotas.

Si la memoria no me falla (y seguramente lo hace), López aseguraba que la frase por medio de la cual su padre le demostraba afecto era "ahí le dejé café", pronunciada de manera seca y simplona.

Pues bien, yo creo haber averiguado cuál es la acción (porque no hay una frase) que realiza mi papá para demostrarme su afecto. No son abrazos, ni besos, ni ninguna de esas tradicionales manifestaciones de cariño que tanto se ven en la televisión y en algunos cuentos infantiles. Es un pequeño pedazo de papel con un URL escrito con su puño y letra.

Verán: uno de los noticieros nacionales, del cual mi papá es un asiduo telespectador, tiene un segmento que habla de sitios web y tecnología. Allí, la presentadora describe varios sitios en Internet que pueden resultarles útiles a los televidentes. Si mi papá está de buen humor (y, supongo, si tiene un bolígrafo cerca), agarra un papelito y anota el URL de un sitio que él piensa que puede interesarme. Después de que se acaba el noticiero, viene hacia donde yo esté, papel en mano, y me explica rápidamente de qué se trata. Lo mejor de esta escena es que a mí me terminan interesando los sitios que él me deja anotados. Es su manera de decirme "ahí le dejé café".

Ahí perdonan.

sábado, agosto 07, 2010

Señores de YouTube: tengo una idea

En YouTube uno encuentra de todo. Mucha gente recurre a YouTube para escuchar música. En YouTube podemos identificar (si particularizamos) dos tipos de vídeos musicales. El tipo A, digamos, es el vídeo creado por un músico o grupo, compañía discográfica o empresa productora que tiene equipos de grabación, edición y mezcla de audio y vídeo diseñados únicamente con el propósito de generar materiales audiovisuales.

El tipo B (para ser consecuentes) es el vídeo grabado con cualquier dispositivo barato (es decir, asequible para el consumidor promedio) que incluye un micrófono incorporado al mismo aparato que tiene el lente que permite hacer el registro de las imágenes. Veamos las diferencias.

En el vídeo de tipo A, por lo general, el sonido y las imágenes se graban por separado. Normalmente hay más de un micrófono y más de una cámara, con sus operadores correspondientes; todos en perfecta sincronía, y todos ubicados en lugares estratégicos para que la calidad de lo registrado (es decir, planos visuales y sonoros) sea la mejor posible. La más estéticamente agradable, si se quiere. En caso de que algo falle, existen procesos de y herramientas de edición que pueden ayudar a corregir los errores o a mejorar y hasta embellecer las presentaciones de los músicos. El resultado: un vídeo musical que se puede ver y disfrutar.

Ahora bien: en el vídeo de tipo B, es muy común que solamente haya un camarógrafo y un par de dispositivos de grabación de audio y vídeo pegados de la misma máquina, que a su vez está siendo operada, comúnmente sin un trípode, por el mismo personaje que asistió al recital o evento y que, dada su probable melomanía, estará moviéndose o siendo movido por otros y cantando o estando expuesto al canto, al unísono, de miles de otros individuos que, seguramente, también tendrán sus celulares o cámaras fotográficas encendidas. El resultado: una mezcolanza ininteligible de ruidos insoportables e imágenes borrosas, confusas y entrecortadas, que, creo que sobra decirlo, solo podrá ser disfrutada por quien la produjo.

Si al amable equipo técnico de YouTube le diera por inventar un filtro similar a la herramienta que se emplea para que las audiencias denuncien los contenidos inapropiados de algunos vídeos y que permitiera indicar cuáles vídeos son de tipo A y cuáles de tipo B, creo que el mundo sería un lugar mejor. O por lo menos yo no perdería tanto tiempo buscando una buena versión de una canción que tengo metida en la cabeza.

Ahí perdonan.

martes, agosto 03, 2010

¿Tienen los periodistas de Brasil nexos con las FARC?

De acuerdo con información suministrada por WikiLeaks, Sérgio Murillo de Andrade, el director de la Federación Nacional de Periodistas de Brasil, le escribió un correo a Raúl Reyes, diciéndole:

"Hola compañeros.
Saludos y fuerza para la lucha.
Jose Carlos Torves
Director de la Federación Nacional de Periodistas - Brasil"


La traducción es mía. No es muy diciente, pero es un indicador de algo. Lo que no me cuadra es que la dirección de correo del remitente es la del director de la Federación, pero el mensaje está firmado por una persona con otro nombre. Además, el nombre de la organización está mal escrito.

No estoy muy enterado, pero ¿habrán dicho los medios de comunicación algo sobre algún nexo entre esa organización periodística y las FARC? Me parece raro.

Ahí perdonan.